La deshidratación producida por el calor y la sequía reduce en un 30% la cosecha de aceituna, un cultivo considerado “social”

“Nunca había visto nada igual. Este agosto dura ya más de cinco meses”. Así se lamenta Jesús Lagares mientras acaricia con las yemas de los dedos una aceituna de sus árboles, reseca y arrugada por las altas temperaturas, la falta de humedad y la sequía. Lagares es un olivarero de Sevilla, la principal productora del mundo de aceituna de mesa y capital de la región que más cosecha y exporta aceite. España genera 4,4 kilos de cada 10 que se consumen en el mundo. El olivo se considera un cultivo social porque de él dependen gran parte de los 800.000 temporeros de España (genera 46 millones de jornales), los propietarios, las almazaras, los transportistas y una inmensa cadena que va desde la tierra a la cocina, pasando por los supermercados. Cualquier movimiento en estos eslabones se hace sentir en el resto y, este año, según los cálculos de las organizaciones agrarias, la sequía y el calor podrían hacer caer la producción un 30%.

“Ya en junio, los olivos habían agachado sus ramas para intentar conservar la mayor humedad posible”, explica Lagares. Este comportamiento, calificado de agostamiento por ser agosto el mes cuando más se registra, se anticipó este año por las condiciones climáticas. El árbol, ante el calor y la falta de humedad, reservó el agua disponible para sobrevivir y dejó que el fruto madurara sin suficiente calibre. Fue la primera señal de alarma de un problema que se ha agravado tras un verano y principio de otoño excepcionalmente secos.

Continuación del artículo.

Fuente: elpais.com

 

 

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